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GORDO,VIEJO Y PELADO

Gordo, viejo y pelado



El barrio es humilde, la calle de tierra, el sol raspa la
mañana mientras un gallo se desgañita con soberbia. Es Villa La Jabonera, es
Laferrere, pero puede ser Villa Niza, Centenario, Albertina.



- ¡Dale Li, levantate!



- Un ratito más, Vieja…



- Dale, José, se hace tarde, tu papá ya está saliendo.



Cuando llegó a Banfield no lo conocía nadie, casi nadie.



Cuando llegó a Banfield parecía un viejo, un gordo, un tipo
pelado, lento, igual se le concedió la esperanza injustificada que se les da a
los extraños, buscando después, ya tarde, de ser necesario, antecedentes como
excusas que aten la exageración a la lógica, al sueño, a la ilusión.



Cuando llegó a Banfield, el gordo, viejo y pelado venía de
otra categoría, de una clase inferior, de aprobar exámenes menos profesionales,
menos exigentes, donde había sobresalido con habilidad, elegancia y
temperamento. Lo que se sabía era realmente poco, que era un diez y que sus
últimos seis meses los había jugado en un club de Uruguay que no era Nacional
ni Peñarol, club del que se había ido para acompañar a su padre en la última
enfermedad. El viejo, pelado y gordo parecía ser un ser distinto, en la era
mega-comer-profesional, los casos de jugadores que dejan un club, que es como
dejar el sostén, la vida, el futuro, por un padre, un hijo o una madre, no
abundan, casi que no existen. Ese único acto era suficiente para convertirlo en
leyenda y sin embargo…



La noche le va ganando la pulseada a la vista
paulatinamente, los ojos van achicándose, ven donde parecía imposible, se
resisten a ceder, una causa noble, cuando convoca, no tiene miramientos. Nada
más noble que un juego de chicos. El potrero es un potrero como todos, tierra a
rabiar, dos arcos de palos mal aliñados, unas líneas imaginarias que demarcan los
límites del juego.



- ¡Li, Liiiiiii, a comer!



- Voy, ya voy…



- Me dijiste lo mismo hace media hora, José Luis…



- Último gol gana, Vieja, ya voy.



Cuando debutó en Banfield, lo hizo contra Chicago, recién
nos habíamos mudado a la Valentín Suárez y desde lo más profundo de esa pequeña
tribuna, justo detrás del arco propio, apenas vimos, entre el alambrado, los
abrazos y el vértigo de la euforia, como el pelado, gordo y viejo convertía un
gol de penal y, dentro del arco, del otro, del rival, los brazos alzados entre
la red, hacia el cielo, lloraba como un niño sin consuelo. Lejos de buscar la
mejor posición para besarse la camiseta, cerca de los fotógrafos, de correr
cien metros para que la hinchada lo viera, metiéndosela en el bolsillo de
entrada, el tipo le dedicaba el gol a su viejo, que apenas se había ido, en el
lugar más íntimo que podía encontrar dentro de una cancha de fútbol. Supimos
que sí, parecía ser distinto.



Cuando llegó a Banfield empezaba un nuevo milenio , el
anterior había cerrado de la peor manera, en espiral descendente: un descenso
en el ’97; la frustración de un equipo armado para volver que, como en una
pesadilla, fue perdiendo la identidad con la que había arrasado la primera
parte del torneo, el de Camoranesi, Glaria, Jimenez, Reinoso; la
intrascendencia, la desolación y hasta un toque de vergüenza, tras ser
eliminados por El Porvenir en un reducido que nos puso justo ante el equipo del
viejo, gordo y pelado Con ese equipo había salido campeón sin privarse de nada,
dando la vuelta olímpica con la camiseta verde y blanca, del club que lo vio
crecer, Laferrere. Era distinto.



Cuando llegó a Banfield de eso veníamos, con la cabeza baja,
la espalda doblada, los hombros caídos, viendo como el eterno rival del barrio
subía a primera, luego de eliminarnos del campeonato. Nadie podía creer en
serio que un pelado, viejo y gordo iba a levantarnos y sin embargo…



El ritmo del barrio cobra impulso a media mañana, las
mujeres salen a hacer los mandados para cocinar, luego de limpiar un poco la
casa, ordenar las camas, acompañar a los chicos a la escuela. Las calles se
llenan de repartidores, el lechero, el sodero, todos tipo que armaron su
reparto casa por casa, año tras año, el reparto es de ellos y ellos ya son
menos que el reparto, hay que hacerlo como sea, ahí no hay excusas ni feriados
ni licencias…



- Nos vamos a hacer el reparto, Vieja



- Voy con ustedes.



- Quedate, José



- No, voy, lo reemplazo al Viejo hasta que se ponga bien



- ¿En serio? Mirá que vas a tener que laburar…



- Sí, sí, dale boludo, vamos…



- Bueno, dale, bajá vos, José…



- ¡Garrafaaaaaa!



Cuando llegó a Banfield el barrio, el club, el hincha
recuperó la autoestima, volvió a plantarse firme, tan firme que el final del
torneo nos encontró campeones luego de vencer al caballo del comisario en la
última fecha, el Arsenal de Grondona; al equipo sensación que no había perdido
un solo partido de local, el Instituto de Martino; y al señor dinero, el
Quilmes del Máquina, el Chori y el Exxel Group, en todos esos partidos
convirtió, además de descoserla. Fue la victoria del sueño del potrero sobre la
empresa, la rebeldía sobre el poder, la magia sobre la lógica. Estaba flaco,
joven y peludo, y esa lentitud que muchos creían ver era compensada por una
velocidad mental superior a la de todos sus rivales, con esa velocidad
improvisaba, dibujaba, bailaba y sin embargo…



En un partido de aquel primer campeonato había demostrado
que era humano, había errado un penal y estrelló su cabeza contra el poste, no
culpó al pastito mal cortado ni a la pelota muy liviana, al terreno desparejo
ni al arquero que se adelantaba, solo a su testa. Definitivamente, era
distinto.



Cuando se fue de Banfield los aires de Primera, las burbujas
coperas, se nos habían subido a la cabeza, en medio de la algarabía, el orgullo
y el deslumbre por tocar cielos otrora inalcanzables, casi nadie se dio cuenta;
se fue entre sombras que no merecía, justo él que había sido el mentor de
nuestra resurrección, justo él que ya había demostrado que tenía pelos, y
mañas, con el gol olímpico a All Boys, que era flaco, y dúctil, con el tiro
libre a Independiente que nos mantuvo en Primera y mandó a los vecinos a la
Promoción, que era joven, y guapo, cada vez que escondía la pelota, ponía el
traste, enganchaba, giraba, volvía y no se la podían quitar, no podían y sin
embargo…



Allá arriba es como un barrio cualquiera, lleno de personas
que esperan una oportunidad, lleno de sueños, lleno de ilusiones, lleno de
ausencias que pretenden ser reparadas. LLamalo cielo, corazón, nostalgia.



- ¿Cómo andás, José?



- Bien, Viejo. No sabés como te extrañaba.



- Mirá que te dije que las motos…



- No pasa nada, Viejo. ¡Vení, abrazame!



Cuando se fue de Banfield casi nadie tuvo reflejos para
despedirlo como se merecía, recién cuando se fue más allá de Banfield, empezó a
desfilar el reconocimiento que se había ganado, pero antes, a tiempo, solamente
un puñado de locos tuvo el reflejo de invitarlo a comer un asado, a jugar a la
pelota, a decirle “¡Gracias, Garrafa!”.



No es casualidad que esos locos sean los mismos ideólogos de
El Banfileño, ya se sabe, ellos también son gordos, viejos y pelados.



Fuente de información histórica: www.cabe110.com.ar



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