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¡DALE, DALE!

¡Dale, dale!



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Esa mañana amanecí cagado, ahora puedo decirlo, aceptarlo, confesarlo, porque
el asunto terminó bien de todas maneras, más que bien, muy bien, que si no esas
cosas no se reconocen nunca, jamás, se niegan, se ignoran, se aborrecen como a
una peste...



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Con los años uno va adquiriendo cierta capacidad de percepción y no es que me
crea un fenómeno, pero ya al abrir los ojos, no se si por la pesadez de los párpados,
por la acumulación de lagañas o acaso en virtud del nivel de luminosidad que
haya en la habitación o en el lugar donde nos haya tocado caer, pero ese primer
instante, esa sensación apenas perceptible, es la que nos bate la posta y de
ahí en más, o va todo redondito, como por un tubo, magníficamente, y creemos en
la sabiduría de la naturaleza, en el órden lógico y en las causas y
consecuencias, o prima el caos, la caída libre, los tropezones y torpezas, y se
nos vuelca el mate, nos quemamos la lengua, erramos con el grifo del bidet, nos
cepillamos con la escobilla, el glade toque nos irrita los ojos, nos lavamos la
cara y descubrimos que en el baño solo hay una toalla, y es con la que acabamos
de secarnos el error del grifo y sus secuelas grado 4, y el día sigue más allá
del baño y con él las señales de una catástrofe que se avecina, los augurios
que anuncian que todo solo puede ir peor, un desastre se nos acerca y no hay
como evitarlo, un tornado en la ventana, digamos…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Saber es sufrir y sufrir es una cagada, y yo amanecí sabiendo que ese partido
no lo ganábamos, una revelación inconfesable por más que sospechemos que a los
demás les esté pasando lo mismo, por más que a tu lado esté el viejo que te
trajo hasta acá desde chiquito, decirlo es invocarlo e invocarlo es ser
responsable, culpable, casi un traidor, así que a saber y callar, a bancar y
esperar el milagro, la transición, que un capricho del destino de vueltas todo
180° y la esperanza se pueda poner otra vez de pie. Quien te dice, tal vez la
nube solo fuese un empate y la prolongación a una final mano a mano, en otro
día, con otra mañana y sus otras percepciones, quien te dice con menos lagañas,
más luz o dos toallas esperando por nosotros...



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? A
veces la única esperanza es patear para adelante con la ilusión de que cambien
las circunstancias, que alguien o algo nos resuelva la encrucijada de la que no
podemos salir, el laberinto del que no podemos escapar, el acertijo que nos
cuesta resolver. ¿Quién no pasó por eso? ¿Quién no se acostó alguna vez
temprano para acabar con un día y soñar con otro? Y pensar que cuatro días
antes todo parecía redondito, ganábamos, ellos no podían y nosotros dábamos la
vuelta en casa, demasiado sencillo para ser real, pero si aquella noche previa
hasta las nenas habían dormido bien, si el viaje de cuatrocientos kilómetros de
Gesell a casa había parecido un paseo, si tanto la previa como los ochenta
minutos que tardó el equipo en convertir fueron como un soplo, un instante
efímero signado por la certeza de que ese día ganábamos y si ganábamos podía
haber vuelta olímpica y de las grandes, de esas que no habíamos podido dar
nunca porque la única vez que la habíamos merecido y los puntos nos alcanzaban
y la diferencia de gol nos sobraba y avalaba, nos cambiaron el reglamento en
medio del torneo y nos mandaron a jugar una final, que fueron dos, con la
academia peronista que ese día volcó el péndulo para el lado del más poderoso y
nos terminó robando el sueño rico del niño pobre, estigmatizándonos a partir
del odio y la impotencia, condenándonos a cincuenta años de ostracismo, de
deambular por una caverna de la que solo ocasionalmente podíamos asomar la
cabeza para ver un ratito el sol, marcándonos como un padre castrador y
violento marca a un chico que quiere dar su primer salto…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Nos patearon el banquito, nos pusieron un pie en la espalda y caímos como no podía
ser de otra manera, con la cara contra la tierra seca, dura, implacable. Y
pensar que ahora, tal vez, la mejor chance fuese con otra final, porque ese
domingo no ganábamos hermano y había que encontrar en ese laberinto desgraciado
el único camino que nos llevase a la gloria de la primera vez. Traté de
mentalizarme con las vueltas dadas en el ’86, en el ’93, en el 2000, motivarme
con el abrazo a Aquino en mitad de la cancha, con la final infartante con Colón
en Córdoba, con la consagración ante Quilmes de visitante, pero era inútil,
ésta era un pelea de fondo, algo que nunca habíamos vivido, no era Belgrano, ni
Colón, ni Quilmes, no se trataba de una de piratas, ni del infortunado
cementerio sabalero, ni de las ruinas de los Quilmes, era Boca, los bosteros y
la bombonera, más un Palermo que nos vacunó siempre…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
¿Sabés a qué arquero le hizo más goles Palermo? ¡Bingo! A mamá Luchetti. “¿Y si
lo pone a Bologna?”. Absurdo. “Mirá que Falcioni va a cambiar al arquero y
capitán solo por una cuestión de cábala estadística?”. “Debería pensarlo”, le
retruqué al Abuelo, al mismo Abuelo que cuatro días atrás le había dicho,
minutos antes del comienzo del partido, que el que quedaba primero sólo,
perdía, que era una regla que se había repetido durante todo el torneo pero ese
día la quemamos a riesgo de que alguno nos escuche y nos tilde de mufas, de
tiraculos, y todo se vaya al carajo y terminemos a las trompadas como tantas
veces…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Al
mediodía ya no aguantaba más, había repetido religiosamente todas las cábalas
que había adoptado durante las 15 fechas del invicto histórico pero sin mayor
convicción, evitando el baño y el sexo, usando el primer calzoncillo de la
derecha del cajón, eligiendo azarosamente la música a partir de un número que
se formaba y crecía a partir de los resultados, gambeteando las discusiones y
cualquier compromiso capaz de distraer la atención, usando siempre las mismas
dos camisetas, una de local, la otra de visitante, pero me sentía limpio y
liviano, la música sonaba sincopada, a las camisetas les faltaba brillo, es por
el sobaco de seis meses que tiene impregnado, me dije como para tranquilizarme
pero era imposible, lo reté a Toribio sin motivos y apenas si movió la cola
para guarecerse debajo del sillón, discutí con la flaca por cualquier cosa y
cuando iba a agarrármelas con Luna y Selina, decidí partir, arrancar de una vez
y que sea lo que dios quiera, o lo que tenga que ser, la tarde y la noche iban
a ser largas, para bien o para mal, así que me despedí con un chau impreciso,
casi sin saludar, con una bronca renovada porque ni bien crucé la puerta noté
que ese era otro mal augurio, otra señal inequívoca de que la suerte venía cambiada
y el cagazo estaba justificado y más que nunca vigente.



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Cuando le dije: “¡Vamos!”, el viejo me miró como agradecido, como diciéndome:
“¡Que suerte que viniste antes porque yo tampoco me bancaba más!”, claro que no
lo dijo, había que cuidar muy bien las palabras, no se podía hablar de
sentimientos, ni de triunfos, mucho menos de campeonatos, ni del goleador, ni
de la valla menos vencida, encarar alguno de esos temas, aunque fuese
colateralmente, podía llevarnos a la frustración, a la derrota, a un Silva
errante y a un Laucha inseguro, a propagar sin desearlo el temor a perder, así
que fuimos casi todo el viaje callados, nerviosos, tensos, una tensión que
aflojó un poco al llegar a la Boca, al ver que por Suarez, por Olavarría, por
Juan de Dios y por las vías  había más
verde y blanco que azul y oro. Claro que faltaban más de dos horas para el
inicio del partido y los bosteros deberían estar morfando, haciendo la
digestión o durmiendo la siesta, una cuestión que en ese momento nadie notó
porque todo era cantar y saltar para entrar en confianza, para sentirse
locales, para empezar a crear ese clima de campeón que le da seguridad al
hincha y al jugador, un clima que se empieza a gestar en algún momento
trascendente, a veces un punto de inflexión, a veces una confirmación, a veces
un batacazo. ¿Cuál era el nuestro? Podía ser el triunfo en el clásico,
demasiado temprano y previsible. O la victoria contra el Tigre de Victoria, muy
maduro e igualmente previsible. Mejor el ganarle al Estudiantes campeón de la
Libertadores, al San Lorenzo herido de Simeone, al Velez campeón del Clausura,
y tres a cero, y al inflado Independiente del Tolo que aún se creía con
chances, todo en cadena y sin anestesia, afirmándonos cuando todos creían que
íbamos a caer, un clima que fluye y no hay que cortar, al que hay que
sostenerlo como sea, aún ante una derrota impensada, con banderazos de
entrefecha y multiplicando las cábalas…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? En
la Boca había clima y supongo que en Rosario también, no creo que los leprosos
anduviesen por el Parque Independencia resignados y pesimistas, ellos andarían
haciendo lo suyo, quizás lo mismo que nosotros. ¿Andá a saber que nos igualaba
y dividía? Misterios de una balanza que había que terminar de volcar a favor,
porque los hinchas juegan, jugamos, inciden, aún cuando abandonan, que no es
nuestro caso, y el equipo queda marcado por lo que hace su hinchada y
viceversa, y la alegría o la amargura se contagian. ¡Qué se yo! Uno necesita
creer que incide, que juega también su papel, sino ¿para qué ir a la cancha?
Fútbol hay de sobra en la televisión, la cancha es otra cosa, es más que
fútbol, un hincha puede ser mucho más que un espectador, debe ser, el fútbol
puede ser un espectáculo, un negocio, como muchos pretenden, pero solo para
turistas que van a la cancha como quien visita un zoológico, o para hinchas sin
sangre, simpatizantes apatizantes que no tienen otra cosa que hacer, dominados
que se rajan de su casa o escritores ávidos de historias magníficas, como esta
de un domingo interminable…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Llegar al escenario, al tablado, a la tribuna fue un suplicio, un vía crucis,
primero el martirio para conseguir una entrada, ahora un laberinto que nos hizo
recorrer seis cuadras para desandar cincuenta metros, después la espera
irritante hasta la hora en que abrían las puertas, tras cartón las vallas
dispuestas con una lógica policial desequilibrante (alguien alguna vez deberá
analizar científicamente cual es la lógica del proceso de toma de decisiones de
la fuerza policial), para llegar a los escalones interminables que nos
depositaron, finalmente, en una tercera bandeja que nos quedó chica, muy chica,
gracias a la absurda tesis macrista que pretende, en última instancia, un
fútbol sin visitante, o como pasó en la bombonera, con fanáticos que aparecen
infiltrados y mal camuflados en la tribuna local, jugándose la vida con tal de
no perderse el partido que todo hincha de ley debía jugar y no se podía perder…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
¿Cómo no voy a destilar un odio a los bosteros que se creen los dueños del
fútbol, con el poder de decidir incluso si un hincha de Banfield puede, o no,
ver a su equipo salir campeón o morir en el intento, no hay nada que hacer, el
poder es avasallante más allá de las manos que lo sustentan y no hay nada más
enaltecedor que enfrentarlo desde una humilde minoría que quiere rebelarse a
como de lugar, salir campeones desafiando a un poder que se sabe capaz de
aplastarla, de arruinarle la vida y la historia, aún luego de haber vivido de
la sangre de sus hijos más pródigos, el poder suele ser perverso,
inmisericorde, muy hijo de puta y cualquier semejanza política, económica o
social no es pura coincidencia sino puta consecuencia. Amor y odio nos
movilizaban, ponerse en víctimas, clamar venganza, revancha, cualquier cosa
valía, sumaba, servía para dar la primera vuelta grande después de ciento trece
años…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Nos instalamos en la tribuna, levantamos la vista y vimos el moderno y suntuoso
cartel que, amén de demostrar que en el fútbol hay tanta contradicciones como
en la vida, nos señalaba, segundo a segundo, el tiempo restante para el inicio
del partido, una fina tortura, un suplicio, una bomba de tiempo en medio del
pecho. Lo bueno en la vida del hincha es que todos los problemas se resuelven
alentando y ahí no hay excepción, tiro libre en contra, penal a favor, un rival
que nos doblega o seis minutos de adición, todo tiene la misma solución,
desgañitarse en un aliento visceral. No hay nada que hacer, el que espera
desespera y ahí había ¿cuántos desesperados? ¿4500? ¿6000? ¿Y los que la sufrían
en el Lencho Sola? ¿Y los que se habían agarrado al televisor, encerrados en
una pieza, el gorrito bien calzado y la persiana baja para que el vecino
contrera ni se entere que se quedó sin entradas, que no quiso compartir el
sufrimiento convencido de que solo la felicidad merece ser socializada?
“¡Cuarenta y uno!”, gritó el Loco, la vista clavada en ese puto tablero que
parecía tener un reloj de arena… de arena húmeda, y yo pensé en los puntos que
ya teníamos, cuarenta y uno, “…si con cuarenta y un puntos no se nos da, me
corto las bolas!”, le dije a Flavio evitando concienzudamente la palabra
campeón, y él que “yo también, te juro!”, me apoyó en lo que parecía el único
final digno si no había vuelta…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Que la gente seguía entrando y puteando, en la tercer bandeja ya no cabía un
alfiler mientras los boster con la prepotencia de los latifundistas apenas si
ocupaban la mitad de sus espacios. “¡La van a pagar, hijos de puta!”, se
escuchó la voz del Tano y su puño en alto jurando una vedetta que felizmente
quedaría en el olvido. Con los cantos se aceleraron un poco los tiempos y sin
darnos cuenta fuimos entrando en el devenir de un sueño que amenazaba con
pesadilla, o de una pesadilla que terminó en sueño, un sueño que años atrás era
tomado, esbozado, amasado como una utopía, como se amasan los grandes sueños
imposibles, el amor eterno, la justicia social, la salud inquebrantable, la
revolución, y despacito, tímidamente, sin hacer mucho barullo ni demasiado
escombro, la utopía se nos fue volviendo palpable, la fuimos asimilando en
nuestras cabecitas y nuestros corazones como una posibilidad cierta, remota,
difícil, pero real, y ahora era el vértigo de estar al borde, de saber que solo
falta un pasito, que la gloria, los sueños, la felicidad está ahí, es cuestión
de estirar el brazo, alargar la mano y tomarla aunque el brazo esté entumecido
y no de para más…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? El
equipo salió a la cancha antes de tiempo, evidentemente los recorría la misma
ansiedad que a nosotros, y fue recibido con una premisa fundamental: “…para ser
campeón, hoy hay que ganar…”, presión sobre presión, más ansiedad, más vértigo,
más el cagazo de la mañana que no amainaba, de ahí en más todo sería un parto
natural sin peridural, penal para San Lorenzo marrado por el Kili Gonzalez y
las especulaciones de un arreglo que no se propagaron porque era justamente un
sangre canalla el que había fallado y ese no se podía entregar y porque enseguida
llegó el gol de San Bordagaray y una alegría efímera porque Barraza le pateó la
cabeza a un boster en una jugada sin sentido, propia de los nervios, la
presión, la ansiedad, el vértigo y el cagazo, y a sufrir porque Palermo adentro
y si Newell´s daba vuelta su partido, en su cancha, con su hinchada, se nos iba
el sueño a la utopía, por no decir todo a la mismísima mierda. Las puteadas se
repetían, el equipo parecía dormido, impreciso, desmemoriado y cuando logró
tranquilizarse un poco y jugar, no la pudo meter, la tuvo Papelito y afuera, la
tuvo López y afuera, la tuvo Silva, sí, Silva y también afuera. “No quiere
entrar, la puta madre!”, le digo al viejo y me agarra del hombro como para que
sepa que estamos juntos, como siempre, en las buenas y en las malas, y el puto
de Palermo que va y nos vacuna otra vez y el ánimo se pegaba contra los
escalones como un pedazo de diario mojado. Intentamos con un aliento
desesperado: “…con los huevos del equipo…”, pero las respuestas eran débiles
dentro y fuera de la cancha, hasta que llegó el segundo de San Bordagaray y las
tensiones que comenzaron a aflojarse, los nervios a distenderse, la angustia a
retirarse de la boca y el cagazo a decir adios como un enemigo con códigos…



 



¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba?
Algunos comenzaron a balbucear el “¡Dale campeón!”, como quien se para
incrédulo ante un milagro, con la boca abierta y un hilo de voz, otros
prefirieron esperar hasta el final, la tarde y la noche iban a ser felizmente
largas y las gargantas se pondrían roncas de gritar un palabra nueva que estaba
atragantada desde hacía cincuenta y ocho años. “¡Dale campeón!”, se escuchó en
la Boca con las lágrimas haciendo burbujas sobre los labios mientras el tablero
millonario anunciaba el final en Rosario. “¡Dale campeón!”, se escuchó en un
Sola colmado por un barrio que se hizo familia dejando todo de lado, la vista
clavada en una pantalla que traía a un Falcioni quebrado, a un Luchetti alzando
la Copa, a un Gallego llorando como un chico. “¡Dale campeón!”, se escuchó en
Lanús a pesar de las piedras de la impotencia de quien se comió el caramelito
de una superioridad novel y novelada. “¡Dale campeón!”, se escucha en una
esquina y parece que el Pampa, el Cabezón Garcia y el Garrafa dan también su
vuelta olímpica con una sonrisa cómplice. “¡Dale campeón!”, se escucha todavía
en cada calle de este Banfield que salió de la caverna para bañarse de gloria.
“¡Dale campeón!”, gritamos una y otra vez y en un abrazo nos juntamos con el
viejo, el Abuelo, el Loco, con Gustavo, con Ferrúm, con Pablos y Matías, con
Flavio y familia, con el Pato y su paterío, con el Opa que se volvió de Andorra
en el momento justo, con Rubén y Roberto y los Mellís, con Orly, con Walter y
con tantos desconocidos de los que nada sabemos, nada más que son hermanos de
sangre, de una sangre verde y blanca que ahora grita, como nunca: “¡Dale
campeón!, ¡Dale Banfield! ¡Dale, dale!”



 



 



 



 



 



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