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CUENTOS Y NOTAS

CUESTIONES DE ORGULLO
¿Que es el orgullo? ¿Cómo se manifiesta? ¿Que se siente  cuando uno se sabe  inconteniblemente orgulloso?

Hasta ahora  poco  podía opinar  sobre el asunto,  mas allá de tener una mujer espectacular a mi lado, mas allá de una familia que me banca, acompaña y ayuda en todo, o de un abuelo que definitivamente se empecino  en colocarse en el  escalafón de los genios, o de  mis amigos  de fierro con  los que  por suerte la vida  cada tanto  nos obliga a convalidar esa necesidad física   y su natural correspondencia inmediata  propia de las amistades  que no conocen de tiempo y espacio. Mas allá de todo  esto, orgullos por supuesto, pero orgullos suburbanos del ego, que me convierten  en  un  tipo  definitivamente  afortunado, uno siempre conservo  la humildad, trato de mantener la calma, de cuidar a su mujer, de limar, aunque sea en forma precaria, las asperezas  familiares, de publicitar lo menos posible al cráneo sin lámpara   y de cobijar las amistades con sencillez.

Pero llegan momentos en la vida, en que  “ descubrimos “  sentires nuevos  y yo hoy me siento  orgulloso, egocéntricamente orgulloso, como nunca, con ganas de contarle  a quien sea  el motivo de mi orgullo, aunque  deba repetirlo mil veces, y pare gente desconocida en la  calle  para poder desagotar un poco de ese orgullo  que me ahoga.

¿Y què me pasa? Dirán. Casi nada macho, ¿sabes què? El chabon es  ¡Socio vitalicio  del club  Atlético Banfield! Con tan solo  30 años!  ¿Què me contàs? Claro  para aquel que  no es  hincha, hincha de verdad, poco puede ocasionar la noticia  y seguramente su reflexión  será  “ ¡No pagas más la cuota  che! “ Máxime si  son  de esos  hincha s  que  hoy abundan, los que  cambiaron  el  tablón  por la  TV. . ¿Què  les voy a explicar? Qué sentí  que  tocaba  el  cielo  el  día  que con  Zuttion, García  Benítez, Oriolo, Sasone, Clide  Díaz, Hernández, Vásquez,  Aquino  y sobre  todo con  el Pampa  dimos la vuelta  contra  Belgrano. Qué llore  como ante la  irreconciliable muerte cuando descendimos en cancha de Vélez. Qué  comprobé  mi fortaleza cardiaca en Córdoba en la final  con Colón. Qué a la cancha  se va aunque las posibilidades no existan. Qué los partidos  muchas veces los definimos nosotros y por eso no se puede dejar de alentar…...

¡Vitalicio hermano!, Del Negro González, Morís y Buttice a Zaneti, Wensel y San Martín, vitalicio, porque mi viejo paso por el civil  y de  ahí  se fue a la cede con le nombre todavía fresco, con  eL pibe casi sin bañar. Y claro que este orgullo te lo debo a vos, y yo no voy a esperar que no estés  (¡ojala que nunca!  ) para homenajearte, yo hoy te monto en mi orgullo   y te llevo en andas por todo Banfield, para que toda l a gilada se entere que ese pibe que perdiste  de vista en la tribuna cuándo tenia 4-5-6 años y reencontraste gritando por el Taladro, ese pibe, hoy es vitalicio y con  nada mas que  30 años. Yo  hoy te  agradezco y espero que  por muchos años podamos seguir gritando goles juntos porque cuando hace el gol  Banfield yo recibo premio doble, el del fútbol y el de tu  abrazo.

Por eso y porque hace 30 el alto parlante  del Florencio Sola anunciaba, en  un  partido  ante  Atlanta, al socio más joven de la Institución, y porque antes de ver ya era hincha de Banfield, y porque  antes de caminar ya era hincha de Banfield, y porque  antes de hablar ya era hincha de Banfield, y porque, conociéndote, antes  de ser ya era hincha de Banfield, y porque soy hoy el Vitalicio mas joven del club, me siento orgulloso, por primera vez de algo que soy.
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo
Socio Vitalicio 2339 - Fecha de nacimiento: 24 de Noviembre de 1970

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Gordo, viejo y pelado
El barrio es humilde, la calle de tierra, el sol raspa la mañana mientras un gallo se desgañita con soberbia. Es Villa La Jabonera, es Laferrere, pero puede ser Villa Niza, Centenario, Albertina.
- ¡Dale Li, levantate!
- Un ratito más, Vieja…
- Dale, José, se hace tarde, tu papá ya está saliendo.
Cuando llegó a Banfield no lo conocía nadie, casi nadie.
Cuando llegó a Banfield parecía un viejo, un gordo, un tipo pelado, lento, igual se le concedió la esperanza injustificada que se les da a los extraños, buscando después, ya tarde, de ser necesario, antecedentes como excusas que aten la exageración a la lógica, al sueño, a la ilusión.
Cuando llegó a Banfield, el gordo, viejo y pelado venía de otra categoría, de una clase inferior, de aprobar exámenes menos profesionales, menos exigentes, donde había sobresalido con habilidad, elegancia y temperamento. Lo que se sabía era realmente poco, que era un diez y que sus últimos seis meses los había jugado en un club de Uruguay que no era Nacional ni Peñarol, club del que se había ido para acompañar a su padre en la última enfermedad. El viejo, pelado y gordo parecía ser un ser distinto, en la era mega-comer-profesional, los casos de jugadores que dejan un club, que es como dejar el sostén, la vida, el futuro, por un padre, un hijo o una madre, no abundan, casi que no existen. Ese único acto era suficiente para convertirlo en leyenda y sin embargo…
La noche le va ganando la pulseada a la vista paulatinamente, los ojos van achicándose, ven donde parecía imposible, se resisten a ceder, una causa noble, cuando convoca, no tiene miramientos. Nada más noble que un juego de chicos. El potrero es un potrero como todos, tierra a rabiar, dos arcos de palos mal aliñados, unas líneas imaginarias que demarcan los límites del juego.
- ¡Li, Liiiiiii, a comer!
- Voy, ya voy…
- Me dijiste lo mismo hace media hora, José Luis…
- Último gol gana, Vieja, ya voy.
Cuando debutó en Banfield, lo hizo contra Chicago, recién nos habíamos mudado a la Valentín Suárez y desde lo más profundo de esa pequeña tribuna, justo detrás del arco propio, apenas vimos, entre el alambrado, los abrazos y el vértigo de la euforia, como el pelado, gordo y viejo convertía un gol de penal y, dentro del arco, del otro, del rival, los brazos alzados entre la red, hacia el cielo, lloraba como un niño sin consuelo. Lejos de buscar la mejor posición para besarse la camiseta, cerca de los fotógrafos, de correr cien metros para que la hinchada lo viera, metiéndosela en el bolsillo de entrada, el tipo le dedicaba el gol a su viejo, que apenas se había ido, en el lugar más íntimo que podía encontrar dentro de una cancha de fútbol. Supimos que sí, parecía ser distinto.
Cuando llegó a Banfield empezaba un nuevo milenio , el anterior había cerrado de la peor manera, en espiral descendente: un descenso en el ’97; la frustración de un equipo armado para volver que, como en una pesadilla, fue perdiendo la identidad con la que había arrasado la primera parte del torneo, el de Camoranesi, Glaria, Jimenez, Reinoso; la intrascendencia, la desolación y hasta un toque de vergüenza, tras ser eliminados por El Porvenir en un reducido que nos puso justo ante el equipo del viejo, gordo y pelado Con ese equipo había salido campeón sin privarse de nada, dando la vuelta olímpica con la camiseta verde y blanca, del club que lo vio crecer, Laferrere. Era distinto.
Cuando llegó a Banfield de eso veníamos, con la cabeza baja, la espalda doblada, los hombros caídos, viendo como el eterno rival del barrio subía a primera, luego de eliminarnos del campeonato. Nadie podía creer en serio que un pelado, viejo y gordo iba a levantarnos y sin embargo…
El ritmo del barrio cobra impulso a media mañana, las mujeres salen a hacer los mandados para cocinar, luego de limpiar un poco la casa, ordenar las camas, acompañar a los chicos a la escuela. Las calles se llenan de repartidores, el lechero, el sodero, todos tipo que armaron su reparto casa por casa, año tras año, el reparto es de ellos y ellos ya son menos que el reparto, hay que hacerlo como sea, ahí no hay excusas ni feriados ni licencias…
- Nos vamos a hacer el reparto, Vieja
- Voy con ustedes.
- Quedate, José
- No, voy, lo reemplazo al Viejo hasta que se ponga bien
- ¿En serio? Mirá que vas a tener que laburar…
- Sí, sí, dale boludo, vamos…
- Bueno, dale, bajá vos, José…
- ¡Garrafaaaaaa!
Cuando llegó a Banfield el barrio, el club, el hincha recuperó la autoestima, volvió a plantarse firme, tan firme que el final del torneo nos encontró campeones luego de vencer al caballo del comisario en la última fecha, el Arsenal de Grondona; al equipo sensación que no había perdido un solo partido de local, el Instituto de Martino; y al señor dinero, el Quilmes del Máquina, el Chori y el Exxel Group, en todos esos partidos convirtió, además de descoserla. Fue la victoria del sueño del potrero sobre la empresa, la rebeldía sobre el poder, la magia sobre la lógica. Estaba flaco, joven y peludo, y esa lentitud que muchos creían ver era compensada por una velocidad mental superior a la de todos sus rivales, con esa velocidad improvisaba, dibujaba, bailaba y sin embargo…
En un partido de aquel primer campeonato había demostrado que era humano, había errado un penal y estrelló su cabeza contra el poste, no culpó al pastito mal cortado ni a la pelota muy liviana, al terreno desparejo ni al arquero que se adelantaba, solo a su testa. Definitivamente, era distinto.
Cuando se fue de Banfield los aires de Primera, las burbujas coperas, se nos habían subido a la cabeza, en medio de la algarabía, el orgullo y el deslumbre por tocar cielos otrora inalcanzables, casi nadie se dio cuenta; se fue entre sombras que no merecía, justo él que había sido el mentor de nuestra resurrección, justo él que ya había demostrado que tenía pelos, y mañas, con el gol olímpico a All Boys, que era flaco, y dúctil, con el tiro libre a Independiente que nos mantuvo en Primera y mandó a los vecinos a la Promoción, que era joven, y guapo, cada vez que escondía la pelota, ponía el traste, enganchaba, giraba, volvía y no se la podían quitar, no podían y sin embargo…
Allá arriba es como un barrio cualquiera, lleno de personas que esperan una oportunidad, lleno de sueños, lleno de ilusiones, lleno de ausencias que pretenden ser reparadas. LLamalo cielo, corazón, nostalgia.
- ¿Cómo andás, José?
- Bien, Viejo. No sabés como te extrañaba.
- Mirá que te dije que las motos…
- No pasa nada, Viejo. ¡Vení, abrazame!
Cuando se fue de Banfield casi nadie tuvo reflejos para despedirlo como se merecía, recién cuando se fue más allá de Banfield, empezó a desfilar el reconocimiento que se había ganado, pero antes, a tiempo, solamente un puñado de locos tuvo el reflejo de invitarlo a comer un asado, a jugar a la pelota, a decirle “¡Gracias, Garrafa!”.
No es casualidad que esos locos sean los mismos ideólogos de El Banfileño, ya se sabe, ellos también son gordos, viejos y pelados.
Fuente de información histórica: www.cabe110.com.ar
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo

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Esta historia está por suceder. En algún momento la situación comenzará a superarse y el fútbol volverá, sin público, pero volverá. Como han hecho en Europa los clubes argentinos colocarán en las tribunas cartones pintados con las imágenes de sus hinchas, tamaño real, casi reales. Para que la puesta en escena cobre vida, incluso ha de ponerse el sonido ambiente habitual, también como en Europa, aunque en este asunto ya hay antecedentes boquenses y racinguistas, el aliento de los hinchas surgirá de los altavoces, algunos aprovecharán, seguramente, para exagerar un poco, es lógico, es entendible, es perdonable. Los partidos se jugarán en esas condiciones, con un público correcto y un aliento moderado, y en esas condiciones Lanús irá perdiendo un partido en su cancha, algo extraordinario porque el granate venía acostumbrado a ganar antes de la cuarentena, pero pasa, faltan pocos minutos y pierde. Entonces sucede, como respondiendo a una costumbre ancestral, los cartones con la imagen de los hinchas se ponen de pie y, en silencio, se van, antes de que termine.
Solo un detalle los delata: son más de catorce.
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo

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Jaculatoria
Todo baila siempre al ritmo del dinero, así que la danza tiene las notas que prefieren los poderosos, pasa en todos los ámbitos y por supuesto en el fútbol, así que quejarse por el horario del partido era inútil, la democracia real no existe, es una ilusión que nos mantiene maniatados, anestesiados nos autoregulamos por unas normas democráticas que los poderosos no respetan. Hay que jugar con River a la hora que mejor le viene a la televisación, 21:30 del domingo y con visitantes, porque las excusas que siempre esgrime la violencia, entre ellas el horario nocturno, quedarán de lado en esta ocasión para que siete mil, que serán diez mil por virtud de la reventa de entradas truchas o de favor, llámenlas como quieran, hinchas millonarios puedan ver a su equipo campeón jugando en el Florencio Sola. 
Bailamos. No, dentro de la cancha el juego favoreció a Banfield que salió a la cancha con once jugadores surgidos de las inferiores del club, los que volvieron: Civelli, Cechini, Dátolo; los que recién inician: Arboleda, Gómez, Bravo, Urzi, Payero, Alvarez, Fontana; y el Corcho Rodriguez, jugador fetiche que está hace rato y no parece que vaya a irse a ningún lado. 
Atrevido, ambicioso, ingenuo, las características del equipo de Crespo son las de cualquier adolescente que en general, o por ahora, arriesga, pero no gana. Fuimos a la cancha a hacer el aguante, con el compromiso de hincha por delante y la razón encaprichada, pero terminamos ilusionándonos. La intensidad apasiona por sí sola, si se logra acompañarla con confianza, contundencia e inteligencia, la pasión se vuele amor. Vale la pena intentarlo. El fútbol es un equilibrio muy finito y dinámico, la distancia entre la gloria y el cadalso puede ser infinitesimal.
Nos entusiasmamos, entramos en el juego de jaculatorias con timidez, la falta de práctica hace que por un momento miremos la tribuna visitante, habitualmente vacía, sin saber qué hacer. Entonces un grupo prende el recuerdo del 5-0 en el que River abandonó, “¡…el que no salta, abandonó! Borombombom…”, la hinchada de River canta que son locales otra vez, algo estrictamente falso, pero son muchos, son una masa y las masas son ciegas, sordas… A una mentira se le responde con otra, “¡…no se escucha, no se escucha, sos amarga, gallina…!” , y todo terminará con el dale campeón de River, su ancho de espadas después de haberle ganado la Libertadores a Boca. En el medio hay más, pero hay un clásico de los cantitos que está ausente, River ya no puede cantarnos “vos sos de la B”, esa jaculatoria les está vedada luego del descenso.
A los veinte minutos se corta la luz. Banfield merecía ir al corte en ventaja, pero el partido está en cero. La luz vuelve luego de media hora. El partido continuará su historia, después del entretiempo convertirá Fontana y sobre el final empatará Pratto. Paciencia. A partir de eso momento haría falta tenerla. Sale el visitante, el local espera. Esperamos. Mucho. Cuando parece que abrieron, bajamos. Falsa alarma o arrepentimiento, la lógica policial cierra las salidas. Esperamos de pie. Otra vez mucho. El visitante ya tiene que estar por Nuñez, los jugadores bañados. El mal humor es generalizado. El cansancio nos gana a todos. Los insultos y quejas hacen su tarea militante y convocan, congregan, aúnan. Todos contra la yuta. Es un juego inútil como toda jaculatoria. 
Llegamos a casa a la una de la mañana, es lunes, dentro de un rato iremos a trabajar, pero ese será otro baile que bailaremos al ritmo de los poderosos. 
¡Aguante Banfield!
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo
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HACEDOR DE SUEÑOS
Utopía. El juego era sencillo, nos encontrábamos el primer partido del campeonato, siempre en el mismo lugar, detrás del arco, arriba de todo, en la cabecera de Fani, el Opa, el Pato, su viejo, el mío, más Pablo, más Ferrum, el ascenso era largo, pero nosotros debutábamos soñando, difícilmente Julito y Julio César lo puedan comprender, nosotros soñábamos que ese campeonato ascendíamos, que el siguiente salíamos campeones y que en dos años jugábamos la Libertadores, lo decíamos en voz alta, pisándonos, vértigo de sueños en cascada, después reíamos, nos reíamos de nosotros mismos, de nuestros sueños…

Era el Pelusa de Versalles, rubio y con el pelo finito, un pibe lindo, jugaba en la calle, en la vereda, entre los árboles, dos contra dos un cabeza a quema ropa, antigua y clásica iniciación para nueves de área y arqueros temerarios, valía pegarle de volea o pararla de pecho y salir jugando, lo ideal era cabecear hacia abajo, para que pique y en alguna baldosa floja, en algún yuyo rebelde, se desvíe la intuición del arquero. Pelusa usaba los guantes de trabajo de su padre y sus increíbles reflejos, ahí entre los árboles ya soñaba con atajar en Primera. No había horario, se jugaba toda la tarde, hasta que la vieja llamaba a comer o su padre, Julio César, le pedía una mano con los vidrios…

Julito arranca temprano, seis y media suena el despertador, y treinta y cinco su madre prende la luz, y cuarenta su padre da el ultimátum mientras se pone la camisa. Pasará el día en el colegio, doble turno y bilingüe, a la tarde recién sale. Dos veces por semana lleva la ropa para ir a la escuelita de fútbol, los botines, el short y la camiseta de Banfield, una hora y los sábados a jugar el partido. En la escuelita hacen físico, con conitos, escaleras, saltos, pesas, todo a imagen y semejanza de los futbolistas profesionales, a veces llevan un nutricionista, a veces un psicólogo. A un costado, su padre lo mira y saca cuentas, las que tiene que pagar, la tarjeta, el teléfono, el cable, cuenta y sueña, si el pibe llega…

Realidad. Pasamos años haciendo la misma broma, a veces el sueño pareció comenzar a cumplirse, el ascenso del ’87, el del ’93, el del ´01. En el 2003 se empezó a hablar de dar un salto de calidad y lo trajeron a Falcioni que venía de hacer una buena campaña con Olimpo. Nosotros ya no hacíamos bromas, ni campeonatos, ni Libertadores, ya éramos lo suficientemente grandes como para conformarnos con no sufrir por el descenso. Falcioni hablaba de cambiar la mentalidad y de entrar a alguna Copa. La verdad que parecía joda…

“Pelusa, ponete los guantes, el vidrio es jodido, las astillas ni se ven, si se te clavan vas a andar con las manos hinchadas diez días. Alcanzame la escuadra, la fletcher, la pinza. Cuando crezcas te voy a dejar cortar, por ahora ponete los guantes, haceme caso, que si tu madre te ve empieza a rezongar. No viste la boca de pato? El vidrio es duro y frágil, transparente, como un arquero. Dale que terminamos y te vas a jugar a la pelota. Acordate que no hace falta llegar primero para ser el número uno.” Pelusa empezaba a entender cuando tenía que salir y cuando quedarse entre los árboles. “¡Ponete los guantes!” Pelusa pensaba en los guantes de Marín, en el arco de Velez…

Julito sueña con ser Messi, en la escuelita agarra la pelota y encara con velocidad, a veces pasa, a veces el técnico le pide que la pase, que juegue con sus compañeros, el padre le dice que la haga siempre él, que para qué se la va a dar a otro, que la juegue él, que se la juegue solo, que juegue en serio. A Julito le pesa un poco el sueño de ser Messi. Una pelota queda dividida, Julito pierde, desde las gradas la voz de su padre llega enardecida por sobre el murmullo, las cuentas no le cierran. “¡Si querés ser el número uno tenés que llegar primero!” Julito comprende que esa noche será inútil pedir la Play…

Primer sueño. 64 puntos, terceros, el primer golpe en Liniers, justo contra Velez, 3-0, era el equipo de Bustos Montoya y Cervera, de Raponi y Omar Perez, seguía siendo de Garrafa, empezaba a ser de Falcioni. Nos fuimos de copas. Sudamericana. Libertadores, ese mismo año fuimos Subcampeones del torneo local con los pibes: Barbosa, Civelli, Paletta, Dátolo, Armenteros y Cvitanich, no era broma, podíamos soñar, el fixture nos llevaba a Lima, Caracas, Monterrey, a octavos en Medellín y a cuartos en Nuñez, con Bilos y Palacio, en la ida del planchazo del Cebolla a Mascherano, en la vuelta del gol de Cevallos que nos daba el pase a semifinales… Nos despertamos.

Pelusa, a los 17 años empezó a integrar los planteles de primera, sus viejos lo bancaron siempre. “Vos hacé lo que te gusta y cuando puedas me das una mano con los vidrios.” Estar con los guantes puestos era su estado natural. Debutó en la primera de Velez en 1976, todavía eran tiempos de churrascos, atajó cuatro años en el Fortín, pasó a ser el Gato, le atajó 2 penales a Diego y cuando estaba para la Selección se fue a Colombia. Con América de Cali ganó 5 campeonatos seguidos, hizo 5 goles de penal y llegó a tres finales de la Libertadores… Se despertó.

Julito sueña con jugar en Primera, salir campeón, llegar a Europa. Va a la cancha con los amigos de la escuelita de fútbol, tienen un sueño colectivo que me recuerda a nuestra vieja broma. Miran a Remedi, a Cecchini, a Rodriguez… “El año que viene ganamos la Libertadores”, dicen y sueñan en serio, saben que su sueño puede empezar a cumplirse en Banfield, en el Banfield de Julio César…

Segundo sueño. Se lo llevaron a Independiente. Volvió para ser campeón, con el Laucha, con Mendez y López, con James y Ervitti, con Papelito y Silva, quince partidos invictos, la valla menos vencida, el goleador del torneo, ganándole a River, a San Lorenzo, a Independiente, ganando el clásico y dando la vuelta en la Bombonera. No podíamos despertarnos, el sueño se cumplía. Lloramos. El Pato recordó a su padre, Falcioni al suyo, vimos a un tipo duro y frágil, transparente, como un vidrio… Alguien paga para que el sueño se interrumpa, se lo llevan a Boca, ya es el Emperador…

Tercer sueño. Julio César Falcioni vuelve a Banfield, vuelve Cvitanich, vuelve Civelli, vuelve Dátolo, los pibes que él hizo debutar en el primer sueño, Julito, desde la tribuna, no puede contener la emoción, se imagina dentro de la cancha, respaldado por la confianza del DT. Volvemos a la Fani, está el Pato y su viejo, está el Opa, está Pablo, mi viejo, Ferrum. Un pibe, al que le dicen Pelusa, defiende el arco, jugamos un juego sencillo, en medio del sueño soñamos, ganamos la Libertadores, en Brasil, nadie se ríe, nadie piensa en utopías, todos confiamos en Falcioni porque él es nuestro hacedor de sueños.

(La entrevista a Julio César Falcioni realizada para esta nota fue hecha en colaboración con CABE110, de http://www.cabe110.com.ar/ se tomaron los dato y estadísticas utilizadas dentro de la misma) 
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo

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LOS HIJOS DE YUTA
Ya pasaron cinco años. Hoy tranquilamente podría estar cubriendo la banda izquierda. Cuando patea con la zurda, inclinando el cuerpo hacia atrás, para que la pelota reciba de abajo y se eleve, su parecido con Tagliafico es llamativo.
La noche es fría, es de las primeras heladas del año y por eso el frío se siente más, la esquina es un devenir constante, en la altura de la tribuna los huesos se calan de frío sin atisbos de metáfora. La hinchada se calienta alentando mientras se espera la salida del equipo, las alusiones al clásico que llegará en siente días son una constante, el fervor crece, alentar más ahuyenta a los malos augurios y previene de malas rachas.
“…sos amigo de la yuta, vos sos un hijo de…”
Entonces Selina me pregunta qué quiere decir esa palabra.
-¿Cuál?
-¡Yuta!
La respuesta se demora porque el equipo sale a la cancha y cuando Banfield asoma el mundo se detiene, la realidad languidece y hasta los pibes pierden la exclusividad de su privilegio. Es inútil tratar de explicarlo, ni la razón ni la lógica podrán hacerlo. Hay que sentirlo y se siente, lo de la yuta ha de esperar.
Los jugadores alzan los brazos para saludar a la hinchada, uno de esos pares de brazos deberían ser los del pibe, no puedo dejar de pensar en ello, Soto no debería estar ahí, el sucesor de Tagliafico tenía otro apellido.
Lautaro salía a bailar con los amigos, habían hecho la previa en su casa, una previa larga. Ahora los pibes salen a la misma hora a la que nosotros nos íbamos a dormir. Lautaro va a subir a su auto y algo le quema la espalda, se lo dice a sus amigos que piensan que está bromeando. Un segundo antes se escuchó el primer disparo y tras ese la lluvia.
David Benítez accionó su arma policial hacia todos lados cuando a su hija y a su hermana intentaban arrebatarles el ciclomotor, después dijo que confundió a Lautaro con el chorro y la primera carátula del juicio fue de exceso en legítima defensa.
Benítez estaba de civil, no debió disparar y sin embargo lo hizo, es inútil preguntarse porqué no dejó que se llevaran el ciclomotor, porqué no avisó a sus compañeros de servicio, porqué no pensó en el peligro de disparar como primera opción, ¿acaso quiso matar?, ¿fue eso? ¿Qué valor tiene para un policía como Benítez la vida? La vida en general, la de Lautaro que recibió su bala y la perdió, pero también la de su hija, la de su hermana, que podían haber recibido otra de la ráfaga que hecho a la suerte, y también la del ladrón de ciclomotores que iba desarmado, ¿cuánto valen para un Benitez? ¿Valen, acaso, un ciclomotor? ¿Qué capacitación recibe sobre este tema un policía? ¿Cuál es la instrucción, arrancar a los tiros? ¿Cuánto de vocación de servicio y cuánto de imperiosa necesidad de una salida laboral tiene hoy un agente de policía? ¿Cuánto de la cultura del “hay que matarlos a todos” está dentro de la idiosincrasia policial?
Decir que Lautaro era padre, que estaba a punto de casarse y que hacía un año había perdido a su papá es montar tragedia sobre tragedia y golpear más allá de la cintura.
Pensar que hace cinco años, con Tagliafico delante, Banfield lo había prestado a Tristán Suarez para que sume experiencia y que probablemente hoy sería el tres titular que sale a la cancha y alza los brazos, es soñar un imposible.
Mientras mi mujer toma una foto de la bandera que repudia la impunidad promovida por la mismísima Corte Suprema (o Milanga de pollo), que con un fallo antidemocrático pretende dejar en libertad a los genocidas, la bandera dice crudamente: “2x1 las pelotas. Banfield no perdona”, yo le contesto a Selina y le explico que un yuta es un policía, los cantos continúan, el frío aprieta, los goles de Dario llegan y Lautaro sigue sin aparecer.
Ahora es mi mujer la que explica, a Luna, que es eso del 2x1 y con la facilidad que solo ella tiene en pocas palabras incorpora en la mente de nuestra hija una idea básica de pueblo, de lucha, de genocidio y de impunidad. Selina sigue trabada con la yuta. La hinchada canta, el canto putea, casi todos los cantos de cancha lo hacen, entonces Selina se enciende.
-¡Ah, entonces el hijo de yuta es el hijo de un policía!
Intento corregirla, presiento que me voy a meter en un barrial y callo, le digo que sí.
A la salida volvemos a ver la imagen del pibe pateando con la zurda, los botines rojos, una pelota que se eleva hacia Arenales, pasaron cinco años y a la memoria hay que ayudarla, la esquina de Gallo y Arenales ayuda, “Lautaro Bugatto. Nunca te olvidaremos. Tu familia. Tus amigos. Tu club.”, dice la chapa y el pibe se ilumina, le gana a la muerte, de alguna manera su sueño de jugar al fútbol está eternizándose en esa imagen.
Pienso que debemos cuidarla, que hacerlo es cuidarlo, pienso en la impunidad, en la injusticia, en si son suficiente catorce años para compensar una vida, si la condena de Benítez se hará efectiva o algún artilugio lo dejará libre aún antes de ese tiempo como quieren hacer con los genocidas, pienso en los miles de casos de gatillo fácil que nos han dejado huérfanos de hijos y pienso que estamos rodeados de hijos de yuta.
Apéndice 1: 2x1
Hoy las plazas están llenas, desbordan de pañuelos. La justicia mandó restar uno ahí donde apenas había ordenado dos, un castigo flaco y un perdón injusto, que tienen el infame olor de la impunidad, produjo la reacción de esta memoria popular, que sabe la verdad pero no logra imponerla y en su intrincado avance hoy parece retroceder.
Sin embargo, hace quince años tuve la oportunidad de participar en la marcha más conmovedora que vi. Estábamos en Tucumán con Jorge y cruzábamos la plaza Independencia, una madre, una sola, un solo pañuelo, daba vueltas en silencio, sus pasos lentos eran el compás de una espera, el arrastre de sus pies suspiraba por compañía y ahí fuimos por iniciativa de Jorge que por aquella época aún me ganaba en conciencia.
No sé si hoy esa madre vive, no sé si le tocó a ella un jirón de la escasa justicia que obtuvo la lucha de las Madres, las Abuelas, los Hijos, no sé si supo de su hija, si encontró a su nieto, lo que sí sé es que hoy esa plaza estaba nutrida, que aquel pañuelo fue heredado, compartido, multiplicado y que eso significa que avanzamos, que crecimos, que somos más y seguimos siendo ahora más allá de la muerte y los caprichosos mandatos de los administradores de justicia.
Apéndice 2: Desmuros
Y mientras la corrupción y la educación, vil matrimonio de nefastas consecuencias, decretan la muerte de un mural, el de la escuela, el de la seis, el de Flory de todos, y destruyen como premisa del hacer, en otro muro, el de la cancha, el de la esquina, la de Gallo y Arenales, un pibe brilla y refleja, juega y no crece, hace, más allá de la tragedia y del sinsentido, lo que siempre soñó: jugar al fútbol, eternamente, y, aunque no sea un consuelo, y finalmente redescubramos que la justicia no repara, no devuelve, ni da segundas oportunidades, al menos ese muro, con ese pibe de chapa y en esa esquina, que debemos guarecer de la corrupción y del olvido, nos permite recordarlo como era, un pibe, que jugaba en Banfield, y no como lo que es, una víctima del gatillo fácil que se cruzó, maldita suerte, en el camino de su bala homicida .
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo
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EL SECRETO DE GARISTO
Estaba por empezar el campeonato, la “pretemporada” había sido flaca, la habitual, apenas un par de amistosos buscando jugadores en la pileta para poder llegar a once, y Leo me mandó un mail. “Porque no te escribís unas palabras para comenzar el torneo…”, me decía, me proponía, me obligaba, y a mi que me gusta escribir, que me pidan, no tanto que me obliguen, lo primero que se me vino a la mente fue Fernando, nuestro escriba mayor, y tuve la sensación de estar a punto de pisar su terreno, pateando el portoncito de madera que ya no calza su pasador y metiéndome en el jardín de su casa, entre malvones y geranios, sin permiso, sin invitación, poniéndome a jugar de central en medio de un partido, tomando una lanza que solo a él le pertenece por derecho y mérito propio, y me dije que no, que no puedo, que lo lamento, Leo, otra vez será. Claro que en el mismo instante me dio ese cosquilleo en la piel, me empezaron a llover sobre el cuerpo esas gotas de ideas que obligan a moverse, ojo, digo una llovizna, apenas una garúa, casi una brisa, no más que eso, donde las arengas se sucedían unas tras otras, mezclándose para que nazca una nueva, una mejor, una más efectiva. Me gustan las arengas, ese momento único en que los equipos se hacen una masa compacta en la que físico y espíritu, cuerpo y alma, la fuerza y la mente, se unen insalvablemente, aún cuando no quieran, se resistan o se recelen, quedando enganchados por noventa minutos, como si se tratase de una brujería, un amarre de pareja masivo, orgía del sentimiento, del compromiso, de la entrega. En general se escucha hablar de los buenos grupos a los jugadores que acaban de salir campeones, claro, en la buena es más fácil, pero cuando los resultados son esquivos y los puntos no aparecen, sí lo hacen los conventillos, los cabaret, las camarillas, ahí es donde se ven los pingos, ahí es donde nosotros, mi humilde equipo de veteranos, hacemos la historia, y ahí fue cuando me acordé de Garisto, porque me dije, sí, una arenga, pero una arenga es para el instante previo a salir a la cancha, una arenga de viernes a la mañana no resiste al entrenamiento gastronómico del mediodía, a la siesta inevitable de la oficina, a la noche de quilombos familiares, al sueño entrecortado del futbolista, a la mañana urgente del sábado y al jolgorio de nuestro vestuario, no hay arenga que aguante tanto, ergo, arenga no, me dije, pero Garisto, sí. 
Luis Garisto, uruguayo de voz hinchada y honda, un DT del montón, casi un desconocido cuando llegó a Banfield, a un equipo que estaba prácticamente descendido, 3 puntos en 10 partidos sin conocer la victoria, con apenas 6 goles a favor, con 0,300 de promedio, un DT económico para un plantel modesto, para descender sin quilombos de presupuesto, un DT que se autoproclamó un bombero y terminó realizando el milagro que nadie de él esperaba, terminar con 18 puntos ese torneo y sumar 30 en el segundo, esquivando el abrazo mortal del Nacional B y comenzando un camino que con el tiempo nos llevó a jugar la Libertadores, sí, un milagro, un sueño y un personaje que, en su debut se quedó dormido en el banco de suplentes de un Banfield – Talleres Cba., el mismo que dijo, después de un Banfield – Boca de 11 am, el del triunfo del dedo de Santa Cruz en la cola de Riquelme, que “…bueno, había sido un partido muy difícil porque a esa hora había un hambre bárbaro!”, el tipo que, fascinado por el campo de deportes del club, dejó a su familia en el departamento de Capital y se quedó a vivir en los dormis del polideportivo, con la única condición de que le compraran una vaca, a la que ordeñaba todas las mañanas entre el primer y el segundo termo de mate, entre el perfume de los eucaliptos y el canto de los pájaros, un DT que no había hecho ningún descubrimiento táctico, jugaba con un 4-4-2 rígido, a morir, que solo era flexibilizado cuando la magia del Garrafa saltaba del banco de suplentes al campo de juego, un DT que no pidió grandes incorporaciones ni premios siderales y siguió con los mismo jugadores que antes de su arribo parecían momias, y después supieron ser leones, unas fieras que dejaban la vida. En la tribuna nos preguntábamos qué les diría el uruguayo en el vestuario, porque en la tribuna siempre se confía más en una buena arenga que en la táctica, la estrategia y las condiciones futbolísticas innatas de los jugadores, máxime tratándose de aquel equipo que en las diez primeras fechas había demostrado de todo lo que era incapaz. Hasta que un buen día vino un amigo, subía los escalones con la sonrisa amplia de quien descubrió un tesoro y está a punto de compartirlo. “¡Tengo el secreto de Garisto!”, nos dijo antes de saludarnos. ¿Qué hacía el gordo? ¿Acaso los amenazaba? ¿Les prometía guita? ¿Les golpeaba el pecho como Griguol? ¿La cola como el Bambino? No, no y no, el uruguayo, antes de salir a la cancha les leía un cuento, sí, un cuento, literatura, supongo que eso les dejaba una moraleja, una enseñanza, o que al menos les hacía olvidar por un momento el drama de los promedios y los jugadores salían a la cancha más distendidos, embriagados de fantasía, de sueños, a jugarse una realidad con otra en la cabeza. 
Así que lo pensé mejor y al fin dije, Leo, encaremos el próximo torneo a lo Garisto, tenemos el personaje, tenemos un sueño, solo resta ir por el milagro, inventarnos el cuento que, a propósito, ahí va, Leo!
AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo
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 Y UN DIA EL POTRERO SE INUNDO DE TRISTEZA...  
…y no fueron los pibes cibernéticos de los deptos ocupas
 los que calaron hasta el extremo su angustia…
 
…ni las imágenes estelares del fútbol mundial, 
llenas de marcas, de brillos, de mega-estadios, 
que atan a los maníacos, otrora fieles habitúes, 
a un cómodo sillón que conserva las huellas 
de un potencial futbolista devenido en mero-puto telespectador…
 
…y no fueron los shoppings, ni el papi, ni el soccer, ni la play, 
ni las drogas feroces que lo secan, cuartean, acaban, 
las causales de semejante desastre natural, 
tsunami desgarrafal de dolor…
 
…es que el último de sus hijos dilectos ha caído absurdamente, 
aquel capaz de llevar a cuesta el potrero, 
desfachatado, desaliñeado, sucio y desprolijo,
al palacio imperial de la primera,
coqueta, berreta y glamorosa
a la vidriera de los domingos, 
cuestionando el profesionalismo, 
demostrando que el fútbol
es algo más profundo
que los torneos, las competencias
y las desabridas apetencias
de los golfos del negocio…
 
…potrero, se nos va el Garrafa!
…y con él un pedazo de fútbol, 
y con él, quizás, el resto más puro
de su alma, de tu alma, de mi alma! 
 
…y pensar que los dirigentes, necios
preocupados por los porotos, 
por el próximo pase y sus negocios, 
lo dejaron ir como a cualquierotro…
 
…qué será de los hinchas, su pasión diáfana,
los del Taladro, los del fútbol, los tuyos, potrero!
 
…qué será de nuestros ojos y qué de la fantasía,
que quería ver una vez más esa alegría, 
que tribuneaba cómplice con el soñador…
 
…tal vez haya una última esperanza,
una próxima gota de tu sangre,
la de un pibe parido en el barro
crecido a imagen de su ídolo, 
una zurda que aparezca de la villa 
y frotando la maravilla, 
que nos haga creer que el pelado
el viejo, el gordo, nuestro Dios amado… 
desgraciadamente mortal y descuidado, 
todavía está con nosotros… y jugando…

AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo
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¡Dale, dale! 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Esa mañana amanecí cagado, ahora puedo decirlo, aceptarlo, confesarlo, porque el asunto terminó bien de todas maneras, más que bien, muy bien, que si no esas cosas no se reconocen nunca, jamás, se niegan, se ignoran, se aborrecen como a una peste... 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Con los años uno va adquiriendo cierta capacidad de percepción y no es que me crea un fenómeno, pero ya al abrir los ojos, no se si por la pesadez de los párpados, por la acumulación de lagañas o acaso en virtud del nivel de luminosidad que haya en la habitación o en el lugar donde nos haya tocado caer, pero ese primer instante, esa sensación apenas perceptible, es la que nos bate la posta y de ahí en más, o va todo redondito, como por un tubo, magníficamente, y creemos en la sabiduría de la naturaleza, en el órden lógico y en las causas y consecuencias, o prima el caos, la caída libre, los tropezones y torpezas, y se nos vuelca el mate, nos quemamos la lengua, erramos con el grifo del bidet, nos cepillamos con la escobilla, el glade toque nos irrita los ojos, nos lavamos la cara y descubrimos que en el baño solo hay una toalla, y es con la que acabamos de secarnos el error del grifo y sus secuelas grado 4, y el día sigue más allá del baño y con él las señales de una catástrofe que se avecina, los augurios que anuncian que todo solo puede ir peor, un desastre se nos acerca y no hay como evitarlo, un tornado en la ventana, digamos… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Saber es sufrir y sufrir es una cagada, y yo amanecí sabiendo que ese partido no lo ganábamos, una revelación inconfesable por más que sospechemos que a los demás les esté pasando lo mismo, por más que a tu lado esté el viejo que te trajo hasta acá desde chiquito, decirlo es invocarlo e invocarlo es ser responsable, culpable, casi un traidor, así que a saber y callar, a bancar y esperar el milagro, la transición, que un capricho del destino de vueltas todo 180° y la esperanza se pueda poner otra vez de pie. Quien te dice, tal vez la nube solo fuese un empate y la prolongación a una final mano a mano, en otro día, con otra mañana y sus otras percepciones, quien te dice con menos lagañas, más luz o dos toallas esperando por nosotros... 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? A veces la única esperanza es patear para adelante con la ilusión de que cambien las circunstancias, que alguien o algo nos resuelva la encrucijada de la que no podemos salir, el laberinto del que no podemos escapar, el acertijo que nos cuesta resolver. ¿Quién no pasó por eso? ¿Quién no se acostó alguna vez temprano para acabar con un día y soñar con otro? Y pensar que cuatro días antes todo parecía redondito, ganábamos, ellos no podían y nosotros dábamos la vuelta en casa, demasiado sencillo para ser real, pero si aquella noche previa hasta las nenas habían dormido bien, si el viaje de cuatrocientos kilómetros de Gesell a casa había parecido un paseo, si tanto la previa como los ochenta minutos que tardó el equipo en convertir fueron como un soplo, un instante efímero signado por la certeza de que ese día ganábamos y si ganábamos podía haber vuelta olímpica y de las grandes, de esas que no habíamos podido dar nunca porque la única vez que la habíamos merecido y los puntos nos alcanzaban y la diferencia de gol nos sobraba y avalaba, nos cambiaron el reglamento en medio del torneo y nos mandaron a jugar una final, que fueron dos, con la academia peronista que ese día volcó el péndulo para el lado del más poderoso y nos terminó robando el sueño rico del niño pobre, estigmatizándonos a partir del odio y la impotencia, condenándonos a cincuenta años de ostracismo, de deambular por una caverna de la que solo ocasionalmente podíamos asomar la cabeza para ver un ratito el sol, marcándonos como un padre castrador y violento marca a un chico que quiere dar su primer salto… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Nos patearon el banquito, nos pusieron un pie en la espalda y caímos como no podía ser de otra manera, con la cara contra la tierra seca, dura, implacable. Y pensar que ahora, tal vez, la mejor chance fuese con otra final, porque ese domingo no ganábamos hermano y había que encontrar en ese laberinto desgraciado el único camino que nos llevase a la gloria de la primera vez. Traté de mentalizarme con las vueltas dadas en el ’86, en el ’93, en el 2000, motivarme con el abrazo a Aquino en mitad de la cancha, con la final infartante con Colón en Córdoba, con la consagración ante Quilmes de visitante, pero era inútil, ésta era un pelea de fondo, algo que nunca habíamos vivido, no era Belgrano, ni Colón, ni Quilmes, no se trataba de una de piratas, ni del infortunado cementerio sabalero, ni de las ruinas de los Quilmes, era Boca, los bosteros y la bombonera, más un Palermo que nos vacunó siempre… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? ¿Sabés a qué arquero le hizo más goles Palermo? ¡Bingo! A mamá Luchetti. “¿Y si lo pone a Bologna?”. Absurdo. “Mirá que Falcioni va a cambiar al arquero y capitán solo por una cuestión de cábala estadística?”. “Debería pensarlo”, le retruqué al Abuelo, al mismo Abuelo que cuatro días atrás le había dicho, minutos antes del comienzo del partido, que el que quedaba primero sólo, perdía, que era una regla que se había repetido durante todo el torneo pero ese día la quemamos a riesgo de que alguno nos escuche y nos tilde de mufas, de tiraculos, y todo se vaya al carajo y terminemos a las trompadas como tantas veces… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Al mediodía ya no aguantaba más, había repetido religiosamente todas las cábalas que había adoptado durante las 15 fechas del invicto histórico pero sin mayor convicción, evitando el baño y el sexo, usando el primer calzoncillo de la derecha del cajón, eligiendo azarosamente la música a partir de un número que se formaba y crecía a partir de los resultados, gambeteando las discusiones y cualquier compromiso capaz de distraer la atención, usando siempre las mismas dos camisetas, una de local, la otra de visitante, pero me sentía limpio y liviano, la música sonaba sincopada, a las camisetas les faltaba brillo, es por el sobaco de seis meses que tiene impregnado, me dije como para tranquilizarme pero era imposible, lo reté a Toribio sin motivos y apenas si movió la cola para guarecerse debajo del sillón, discutí con la flaca por cualquier cosa y cuando iba a agarrármelas con Luna y Selina, decidí partir, arrancar de una vez y que sea lo que dios quiera, o lo que tenga que ser, la tarde y la noche iban a ser largas, para bien o para mal, así que me despedí con un chau impreciso, casi sin saludar, con una bronca renovada porque ni bien crucé la puerta noté que ese era otro mal augurio, otra señal inequívoca de que la suerte venía cambiada y el cagazo estaba justificado y más que nunca vigente. 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Cuando le dije: “¡Vamos!”, el viejo me miró como agradecido, como diciéndome: “¡Que suerte que viniste antes porque yo tampoco me bancaba más!”, claro que no lo dijo, había que cuidar muy bien las palabras, no se podía hablar de sentimientos, ni de triunfos, mucho menos de campeonatos, ni del goleador, ni de la valla menos vencida, encarar alguno de esos temas, aunque fuese colateralmente, podía llevarnos a la frustración, a la derrota, a un Silva errante y a un Laucha inseguro, a propagar sin desearlo el temor a perder, así que fuimos casi todo el viaje callados, nerviosos, tensos, una tensión que aflojó un poco al llegar a la Boca, al ver que por Suarez, por Olavarría, por Juan de Dios y por las vías  había más verde y blanco que azul y oro. Claro que faltaban más de dos horas para el inicio del partido y los bosteros deberían estar morfando, haciendo la digestión o durmiendo la siesta, una cuestión que en ese momento nadie notó porque todo era cantar y saltar para entrar en confianza, para sentirse locales, para empezar a crear ese clima de campeón que le da seguridad al hincha y al jugador, un clima que se empieza a gestar en algún momento trascendente, a veces un punto de inflexión, a veces una confirmación, a veces un batacazo. ¿Cuál era el nuestro? Podía ser el triunfo en el clásico, demasiado temprano y previsible. O la victoria contra el Tigre de Victoria, muy maduro e igualmente previsible. Mejor el ganarle al Estudiantes campeón de la Libertadores, al San Lorenzo herido de Simeone, al Velez campeón del Clausura, y tres a cero, y al inflado Independiente del Tolo que aún se creía con chances, todo en cadena y sin anestesia, afirmándonos cuando todos creían que íbamos a caer, un clima que fluye y no hay que cortar, al que hay que sostenerlo como sea, aún ante una derrota impensada, con banderazos de entrefecha y multiplicando las cábalas… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? En la Boca había clima y supongo que en Rosario también, no creo que los leprosos anduviesen por el Parque Independencia resignados y pesimistas, ellos andarían haciendo lo suyo, quizás lo mismo que nosotros. ¿Andá a saber que nos igualaba y dividía? Misterios de una balanza que había que terminar de volcar a favor, porque los hinchas juegan, jugamos, inciden, aún cuando abandonan, que no es nuestro caso, y el equipo queda marcado por lo que hace su hinchada y viceversa, y la alegría o la amargura se contagian. ¡Qué se yo! Uno necesita creer que incide, que juega también su papel, sino ¿para qué ir a la cancha? Fútbol hay de sobra en la televisión, la cancha es otra cosa, es más que fútbol, un hincha puede ser mucho más que un espectador, debe ser, el fútbol puede ser un espectáculo, un negocio, como muchos pretenden, pero solo para turistas que van a la cancha como quien visita un zoológico, o para hinchas sin sangre, simpatizantes apatizantes que no tienen otra cosa que hacer, dominados que se rajan de su casa o escritores ávidos de historias magníficas, como esta de un domingo interminable… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Llegar al escenario, al tablado, a la tribuna fue un suplicio, un vía crucis, primero el martirio para conseguir una entrada, ahora un laberinto que nos hizo recorrer seis cuadras para desandar cincuenta metros, después la espera irritante hasta la hora en que abrían las puertas, tras cartón las vallas dispuestas con una lógica policial desequilibrante (alguien alguna vez deberá analizar científicamente cual es la lógica del proceso de toma de decisiones de la fuerza policial), para llegar a los escalones interminables que nos depositaron, finalmente, en una tercera bandeja que nos quedó chica, muy chica, gracias a la absurda tesis macrista que pretende, en última instancia, un fútbol sin visitante, o como pasó en la bombonera, con fanáticos que aparecen infiltrados y mal camuflados en la tribuna local, jugándose la vida con tal de no perderse el partido que todo hincha de ley debía jugar y no se podía perder… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? ¿Cómo no voy a destilar un odio a los bosteros que se creen los dueños del fútbol, con el poder de decidir incluso si un hincha de Banfield puede, o no, ver a su equipo salir campeón o morir en el intento, no hay nada que hacer, el poder es avasallante más allá de las manos que lo sustentan y no hay nada más enaltecedor que enfrentarlo desde una humilde minoría que quiere rebelarse a como de lugar, salir campeones desafiando a un poder que se sabe capaz de aplastarla, de arruinarle la vida y la historia, aún luego de haber vivido de la sangre de sus hijos más pródigos, el poder suele ser perverso, inmisericorde, muy hijo de puta y cualquier semejanza política, económica o social no es pura coincidencia sino puta consecuencia. Amor y odio nos movilizaban, ponerse en víctimas, clamar venganza, revancha, cualquier cosa valía, sumaba, servía para dar la primera vuelta grande después de ciento trece años… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Nos instalamos en la tribuna, levantamos la vista y vimos el moderno y suntuoso cartel que, amén de demostrar que en el fútbol hay tanta contradicciones como en la vida, nos señalaba, segundo a segundo, el tiempo restante para el inicio del partido, una fina tortura, un suplicio, una bomba de tiempo en medio del pecho. Lo bueno en la vida del hincha es que todos los problemas se resuelven alentando y ahí no hay excepción, tiro libre en contra, penal a favor, un rival que nos doblega o seis minutos de adición, todo tiene la misma solución, desgañitarse en un aliento visceral. No hay nada que hacer, el que espera desespera y ahí había ¿cuántos desesperados? ¿4500? ¿6000? ¿Y los que la sufrían en el Lencho Sola? ¿Y los que se habían agarrado al televisor, encerrados en una pieza, el gorrito bien calzado y la persiana baja para que el vecino contrera ni se entere que se quedó sin entradas, que no quiso compartir el sufrimiento convencido de que solo la felicidad merece ser socializada? “¡Cuarenta y uno!”, gritó el Loco, la vista clavada en ese puto tablero que parecía tener un reloj de arena… de arena húmeda, y yo pensé en los puntos que ya teníamos, cuarenta y uno, “…si con cuarenta y un puntos no se nos da, me corto las bolas!”, le dije a Flavio evitando concienzudamente la palabra campeón, y él que “yo también, te juro!”, me apoyó en lo que parecía el único final digno si no había vuelta… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Que la gente seguía entrando y puteando, en la tercer bandeja ya no cabía un alfiler mientras los boster con la prepotencia de los latifundistas apenas si ocupaban la mitad de sus espacios. “¡La van a pagar, hijos de puta!”, se escuchó la voz del Tano y su puño en alto jurando una vedetta que felizmente quedaría en el olvido. Con los cantos se aceleraron un poco los tiempos y sin darnos cuenta fuimos entrando en el devenir de un sueño que amenazaba con pesadilla, o de una pesadilla que terminó en sueño, un sueño que años atrás era tomado, esbozado, amasado como una utopía, como se amasan los grandes sueños imposibles, el amor eterno, la justicia social, la salud inquebrantable, la revolución, y despacito, tímidamente, sin hacer mucho barullo ni demasiado escombro, la utopía se nos fue volviendo palpable, la fuimos asimilando en nuestras cabecitas y nuestros corazones como una posibilidad cierta, remota, difícil, pero real, y ahora era el vértigo de estar al borde, de saber que solo falta un pasito, que la gloria, los sueños, la felicidad está ahí, es cuestión de estirar el brazo, alargar la mano y tomarla aunque el brazo esté entumecido y no de para más… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? El equipo salió a la cancha antes de tiempo, evidentemente los recorría la misma ansiedad que a nosotros, y fue recibido con una premisa fundamental: “…para ser campeón, hoy hay que ganar…”, presión sobre presión, más ansiedad, más vértigo, más el cagazo de la mañana que no amainaba, de ahí en más todo sería un parto natural sin peridural, penal para San Lorenzo marrado por el Kili Gonzalez y las especulaciones de un arreglo que no se propagaron porque era justamente un sangre canalla el que había fallado y ese no se podía entregar y porque enseguida llegó el gol de San Bordagaray y una alegría efímera porque Barraza le pateó la cabeza a un boster en una jugada sin sentido, propia de los nervios, la presión, la ansiedad, el vértigo y el cagazo, y a sufrir porque Palermo adentro y si Newell´s daba vuelta su partido, en su cancha, con su hinchada, se nos iba el sueño a la utopía, por no decir todo a la mismísima mierda. Las puteadas se repetían, el equipo parecía dormido, impreciso, desmemoriado y cuando logró tranquilizarse un poco y jugar, no la pudo meter, la tuvo Papelito y afuera, la tuvo López y afuera, la tuvo Silva, sí, Silva y también afuera. “No quiere entrar, la puta madre!”, le digo al viejo y me agarra del hombro como para que sepa que estamos juntos, como siempre, en las buenas y en las malas, y el puto de Palermo que va y nos vacuna otra vez y el ánimo se pegaba contra los escalones como un pedazo de diario mojado. Intentamos con un aliento desesperado: “…con los huevos del equipo…”, pero las respuestas eran débiles dentro y fuera de la cancha, hasta que llegó el segundo de San Bordagaray y las tensiones que comenzaron a aflojarse, los nervios a distenderse, la angustia a retirarse de la boca y el cagazo a decir adios como un enemigo con códigos… 

¿Y qué querés que te diga, que te cuente, que te escriba? Algunos comenzaron a balbucear el “¡Dale campeón!”, como quien se para incrédulo ante un milagro, con la boca abierta y un hilo de voz, otros prefirieron esperar hasta el final, la tarde y la noche iban a ser felizmente largas y las gargantas se pondrían roncas de gritar un palabra nueva que estaba atragantada desde hacía cincuenta y ocho años. “¡Dale campeón!”, se escuchó en la Boca con las lágrimas haciendo burbujas sobre los labios mientras el tablero millonario anunciaba el final en Rosario. “¡Dale campeón!”, se escuchó en un Sola colmado por un barrio que se hizo familia dejando todo de lado, la vista clavada en una pantalla que traía a un Falcioni quebrado, a un Luchetti alzando la Copa, a un Gallego llorando como un chico. “¡Dale campeón!”, se escuchó en Lanús a pesar de las piedras de la impotencia de quien se comió el caramelito de una superioridad novel y novelada. “¡Dale campeón!”, se escucha en una esquina y parece que el Pampa, el Cabezón Garcia y el Garrafa dan también su vuelta olímpica con una sonrisa cómplice. “¡Dale campeón!”, se escucha todavía en cada calle de este Banfield que salió de la caverna para bañarse de gloria. “¡Dale campeón!”, gritamos una y otra vez y en un abrazo nos juntamos con el viejo, el Abuelo, el Loco, con Gustavo, con Ferrúm, con Pablos y Matías, con Flavio y familia, con el Pato y su paterío, con el Opa que se volvió de Andorra en el momento justo, con Rubén y Roberto y los Mellís, con Orly, con Walter y con tantos desconocidos de los que nada sabemos, nada más que son hermanos de sangre, de una sangre verde y blanca que ahora grita, como nunca: “¡Dale campeón!, ¡Dale Banfield! ¡Dale, dale!” 

AUTOR: Sergio Ariel Caracciolo
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